La otra Àfrika Winslet …

Miedo

Posted on: 19 mayo 2009

Mucha gente cree que es terrible hacer algo por miedo. En parte, porque sueles sentirte obligado, de alguna manera, por ese miedo. Casi una amenaza. Yo siempre he creído que lo terrible es no hacer algo por miedo. Que lo terrible es ver cuánta gente a tu alrededor no hace algo por miedo, precisamente, a qué ocurriría luego. Pues bien, he aquí la respuesta: ocurriría lo que viniera después.

De la misma manera, Ariadna temía delante del espejo qué pasaría cuando su madre la encontrara con aquél mechón de pelo fucsia. Ya ni siquiera tenía muy claro si le gustaba o no, aunque la verdad era que le divertía esa combinación extrema con su castaño oscuro natural. De todas maneras, según decía en el bote, no le duraría demasiado así que tampoco le preocupaba en exceso. Oviamente, el riesgo a caer es el que determina todo acto mínimamente heroico y no puede ser ni muy alto ni muy ridículo. Si Ariadna se hubiera teñido el mechón negro o rubio oscuro, puede que su vecino no se hubiera dado ni cuenta al encontrarla en el ascensor esa misma noche. Igualmente, si al teñirse de fucsia un mechón no hubiera cabido la posibilidad de sorprender cuanta a más gente mejor, Ariadna hubiera estudiado algo de filosofía para el examen del lunes que, por otra parte (y eso ya lo veremos) tampoco era un riesgo demasiado difícil de asumir. Al menos para ella.

A la madre de Ariadna no le cabreaba demasiado que se tiñera el pelo. El problema estaba en lo que vendría después. ¿Y si le daba por tatuarse unas letras chinas en la espalda? O dejarse caer los pantalones hasta casi las rodillas. O terminar alguna noche en la casa de al lado. En realidad, lo que ocupaba la cabeza de la madre de Ariadna era el futuro. Siempre. Aunque cabía la posibilidad de que hubiera equivocado los futuros, y también de que el futuro -causa lógica de cada acción que se sucedía y que encadenaba en su cadena- no fuera lo que ella creía. Que nada de eso viniera después.

El chico de la habitación de al lado (como diría cualquier adolescente enamorada) cree demasiado en el destino. No es de esas personas que sale a buscar al conejo blanco, ni siquiera de las que topan con él y pasado el asombro echan a correr. No sería tan descabellado, al fin y al cabo, apartarse por una vez de el camino…


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